La Guardia Urbana se dispone a erradicar la profesión más antigua del mundo desde una perspectiva distinta intentando espantar a los consumidores de prostitutas de calle en el Raval de Barcelona, sancionándolos, amparados por la ordenanza de civismo recientemente actualizada por parte de las autoridades del Ayuntamiento de Barcelona.
Al parecer resulta más fácil incidir sobre los clientes si lo comparamos con la dificultad que entraña enfocarse en las trabajadoras, chicas que intentan ganarse la vida de una manera lo más digna posible y que desde hace unas semanas se ven asediadas por un numeroso grupo de agentes, tanto con el uniforme reglamentario como de paisano, que no cesan de merodear por el barrio buscando especialmente a clientes que estén cerrando un trato en la calle.
Los sancionados sorprendidos prefieren pagar la multa al instante intentando salvaguardarse de ulteriores problemas, abonando la nada despreciable cantidad de unos 200 euros, cifra sobre la que se sitúa la cuantía de las citadas sanciones. Esta medida no está generando ningún tipo de altercado o resistencia ya que los clientes prefieren saldar la deuda y evitar complicaciones como un arresto por diferentes alegatos en contra de la imposición de la multa e incluso la temida posibilidad de recibir una multa, por este concepto, en casa y ser descubierto por sus mujeres.
Así que desde hace unas semanas las prostitutas no reciben la visita de aquellos que normalmente acudían para deshacerse del estrés, sobre todo vecinos de la misma ciudad que eran los que acudían habitualmente en busca de los servicios sexuales de las meretrices. Si no hay demanda no hay oferta.
Acogidos a la moralidad, contra la explotación sexual y a la ordenanza del civismo para que la calle acabe siendo de la gente y sumándole las obras urbanísticas, como la nueva Filmoteca, se pretende que la gente que frecuente el barrio sean cinéfilos, beatos e intelectuales y no usuarios de prostitución y drogadictos.